Aluvión de importaciones: ¿el costo de la “inserción inteligente” al mundo?

Por Pablo Wende

En un año de reactivación económica, baja del riesgo país y del desempleo, también aparecen luces amarillas. Y el “sector externo” es probablemente la más preocupante. La política de “inserción inteligente” al mundo que pregona la Casa Rosada no es otra cosa que trasladar el gradualismo para reducir el déficit fiscal a otras áreas, en este caso el comercio exterior.

Pero ya cumplidos dos años de Cambiemos en el poder, los resultados no se ven. Basta con echarle un vistazo a los números de la balanza comercial. Hasta octubre, las exportaciones habían subido 1,8%, pero en el acumulado de los diez primeros meses del año las importaciones crecieron prácticamente un 19%, o sea diez veces más.

El déficit de la balanza comercial ya se ubica en USD 6.100 millones y llegaría a los USD 8.000 millones a fin de año. Para el 2018 la proyección es aún peor: el rojo comercial superaría holgadamente los 10.000 millones.

El déficit de cuenta corriente ya se ubica en 4,5% del PBI, un valor que no se veía desde 1998. El Gobierno apuesta a un “aterrizaje suave”. Pero no todos son tan optimistas.

¿Son preocupantes estos números? Muchos piensan que sí. El Gobierno cree que no.

En lo que se refiere a las ventas al exterior, el argumento oficial es que las mismas han dejado de caer (venían haciéndolo desde 2012) y este año al menos se verá un pequeño cambio de tendencia. Claro que a este ritmo el año terminará con “expos” de alrededor de USD 59.000 millones, un contraste con los más de 80.000 millones del récord de 2011. La recuperación será muy lenta. Por ejemplo, la decisión del gobierno estadounidense de levantar restricciones arancelarias a una serie de productos argentinos, destrabaría ventas a ese destino por poco más de USD 450 millones. Aumentaría menos de 1% la performance exportadora.

Desde una visión más general, este rojo comercial alimenta el déficit de cuenta corriente, que este año llegará a un récord de 4,5% del PBI. Se trata de un nivel que no se veía desde 1998. Allí se incluye no sólo el déficit de comercio exterior, sino también el de la balanza turística (11.000 millones este año) o la remesa de utilidades al exterior, entre otros rubros. Economistas como Alfonso Prat-Gay (y no es el único) han advertido que se trata de una tendencia mucho más preocupante aún que el déficit fiscal. Los más de USD 25.000 millones que se van por año por estos conceptos son compensados por el ingreso de dólares del endeudamiento y de inversores que entran para realizar “carry trade”, o sea aprovechar las elevadas tasas y apostar a fuertes ganancias en dólares.

Las exportaciones industriales subieron 10% este año, mientras que las del sector agropecuario se matuvieron estancadas. La rebaja adicional de retenciones al campo del 2018 no tendría, desde este punto de vista, demasiada justificación.
Pero altos funcionarios como el presidente del Central, Federico Sturzenegger, tienen una visión diferente. Según su visión, con un tipo de cambio flotante los desequilibrios desaparecen solos. Por ejemplo, si cayera el flujo de financiamiento desde el exterior el tipo de cambio subiría automáticamente. Y eso provocaría que la gente viaje menos al exterior y que bajen las importaciones. Pero aún está por verse si ese “ajuste suave” realmente funcionaría como promete el titular del BCRA. O si en realidad sobrevendría un salto mucho más brusco, con las consecuencias ya conocidas que una devaluación provoca en la economía argentina.

Las cifras de comercio exterior esconden un dato poco conocido. Las exportaciones de bienes industriales subieron cerca de 10% en el año, mientras que las del sector agropecuario permanecieron prácticamente estancadas, aún cuando ha sido el más favorecido por las políticas oficiales. Todo un dato para evaluar hasta qué punto resulta realmente conveniente apurar una baja de retenciones al campo cuando la reducción de impuestos distorsivos (que impactan en particular sobre la actividad industrial) se llevará adelante en un plazo de cinco años.

En el caso de las importaciones, el argumento oficial es que la mayor parte del incremento de este año está relacionado con la entrada de bienes intermedios y de capital. Es decir se trata de productos necesarios para mejorar la tecnología de las empresas, desarrollar mejores procesos productivos y finalmente poder competir mejor con el mundo. Incluso la eliminación de impuestos internos y aranceles definida por el Gobierno para el ingreso de computadoras, notebook y ahora productos electrónicos tenía justamente ese sentido. Es decir favorecer una mejora de la competitividad permitiendo el ingreso de productos tecnológicos, al tiempo que la mayor competencia también presiona a los precios a la baja.

“Las importaciones en Alemania equivalen al 35% del PBI, acá estamos en menos del 15%. El problema no es ése, sino las dificultades para exportar más”, reconocen en el ministerio de la Producción. En el edificio de Diagonal Sur al 600 trabaja un verdadero arsenal de especialistas para analizar de qué manera se puede dotar a las empresas argentinas de mayor competitividad. El diagnóstico no es precisamente alentador: es imposible esperar resultados inmediatos, porque hace muchos años que la Argentina viene siendo un país muy cerrado y proteccionista. Esto generó que se vuelva muy difícil venderle nuestros productos al mundo.

El acuerdo entre el Mercosur con la Unión Europea que se estaría cerrando políticamente en enero marca un camino: salir del aislamiento y empezar a tener un intercambio más fluído con los grandes bloques. Nuevamente, el temor es que se produzca un nuevo aluvión desde estos países desarrollados, mucho más competitivos que nosotros. Pero el Banco Mundial, por ejemplo, lo ve diferente. Según un reciente informe sobre “La Integración de la Argentina en la economía global”, una apertura de este tipo permitiría expandir 80% las exportaciones a ese bloque de acá al 2030. El Gobierno cree que podrían más que duplicarse. El argumento lo repite el Presidente Mauricio Macri cada vez que puede: encerrándonos nos fue mal, intentemos otra cosa.

La postura del Gobierno suena lógica. Si algo no funcionó en el pasado es mejor no insistir con lo mismo. Pero en algunos casos esto es más evidente que en otros. Por ejemplo, la eliminación del cepo cambiario tuvo efectos positivos casi inmediatos. Lo mismo la salida del default. Pero con la apertura comercial no es tan lineal.

Un tipo de cambio que seguirá atrasado por lo menos en los próximos dos o tres años y elevadas tasas de interés no son precisamente el mejor punto de partida para que las empresas puedan salir a competir. Salvo honrosas excepciones que siempre las hay. Pero los números grandes mandan y muestran –por ejemplo- que las PYME que exportan cayeron de 15.000 a 9.000 en los últimos seis años.

En el Banco Mundial recomiendan ser más agresivos. Por ejemplo, aseguran que el Gobierno debería bajar mucho más rápido las trabas a las importaciones. El arancel promedio de la Argentina hoy se ubica en 13,6%, el más alto junto a Brasil de los países emergentes. Pero prácticamente el doble de Sudáfrica, México o Malasia. Y el triple de Perú, Australia o Polonia. “Como consecuencia de las políticas implementadas por gobiernos anteriores, los flujos comerciales han disminuido casi 50% durante la última década. El comercio en servicios es menor en proporciones del PBI que en todos los demás países de la región”, advierte el último informe.

El ministro de Producción, Francisco “Pancho” Cabrera lleva adelante una política que ya se ha intentando en otras oportunidades: devaluar sin devaluar, es decir mejorar las condiciones competitivas de las empresas sin depender tanto del tipo de cambio. La baja de impuestos distorsivos ayuda, pero será en cámara lenta. Ya comenzó a funcionar la VUCE (Ventanilla Única de Comercio Exterior) para agilizar los trámites aduaneros. Y durante el 2018 prometen que irán eliminando una gran cantidad de trámites que implican pérdida de tiempo y de dinero para el sector productivo. “Calculamos que en dos años el sector privado se ahorrará un punto del PBI sólo por estas medidas”, señala el funcionario. Esta política “anti burocracia” sería más potente que la propia reforma tributaria a la hora de atacar el famoso costo argentino.

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